Hacía unos meses que Lucas se había ido, y ella no podía dejar de pensar en todos los momentos que habían compartido. Echaba de menos su sonrisa, sus caricias, aquella mirada que parecía ser tan irreal y que siempre la dejaba sin respiración. Echaba de menos aquella risa contagiosa que en los días de lluvia le traía el sol. Cómo cuándo ella se enfadaba él la abrazaba dulcemente, le tapaba los ojos, ponía el I will always love you de fondo, la besaba con ternura y le entregaba un ramo de gerberas, sus flores favoritas.
Cómo cuándo cada día que salía del trabajo la iba a recoger y le decía: "Vayámonos a donde el destino nos lleve" Y juntos veían esconderse el sol en diferentes lugares, paseaban hasta que ya no podían más, y fotografiaban cada pequeño instante que les merecía la palabra eternidad.
Adoraban tumbarse al sol y bailar bajo la lluvia, observar la luna y las estrellas y fijarse en los extraños que pasaban. Se imaginaban sus vidas y se reían por las locuras que llegaban a pensar.
Pero ahora se encontraba en un camino sin salida. Era como si todo lo bueno del mundo hubiese desaparecido. La risa de los niños, el vuelo de los pájaros, los rayos del sol, la música.
Lo único que iluminaba su hogar era su pequeña gata Candie, quien por ratos lograba calmarla y hacer que su débil corazón se hiciese cada vez más fuerte. A veces se quedaba quieta, mirándola, y parecía susurrarle que no se preocupase, que estuviese donde estuviese, Lucas estaría bien, que él también la extrañaba y que ella era todo lo que él quería.
Y poco a poco fue despertándose de aquel profundo sueño, y por fin regresó a la rutina.
Trabajo, exposiciones, reuniones, paseos. Y un baile bajo la lluvia con un juntos de nuevo tatuado en la piel.
Estaba algo cambiado, pero era él, podía reconocerlo, tenía su sonrisa, su corazón, y lo que más la impactó, su mirada.



